Lucía
- Leonelly

- 13 abr 2020
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 12 feb 2023
Cuarenta y siete eran los escalones que debía subir para llegar a la entrada del piso de oficinas donde trabajaba como señorita de aseo. Los contaba cada día y al llegar al último, exhalaba extensamente el aire que a la vez era un gran suspiro que contenía muchas cosas, muchas cosas para una sola vida.
Decía “buenos días” entre dientes porque no quería que la distinguieran por su acento, aunque ya la mayoría que la conocía no sabía siquiera su nombre, la llamaban con el adjetivo gentilicio de donde pertenecía. Era un poco incómodo pero al cabo de unas semanas se adaptó.
Llegar a casa luego de 13 horas de trabajo, a una habitación de 7×6 metros y dormir en un colchón en el piso apretados con lo poco que tenían, realmente no era el descanso que esperaba. La aguardaba siempre entusiasmada y risueña su hija; y su desempleado, malhumorado e infiel esposo, quien ya no hacía parte de su idea de “hogar, dulce hogar”, pero lo hacía por ella, por su hija, aunque nunca se detuvo a pensar si intentar sostener ese matrimonio era aún más perjudicial. Además, no dejaba de pensar que habían corrido con suerte, muchísimos inmigrantes dormían en las calles, con hambre y frío mortal, familias enteras con varios niños y un futuro realmente incierto.
Ana, su pequeña de seis años, era su único impulso y motivación, la razón por la que dos años atrás dejó su país natal y se fue con lo poco que quedaba en su cuenta bancaria. Aprovechó que para ese entonces la niña tenía solo 4 años y no iba a entender explicaciones, no comprendería que la situación se hacía tan dura que ya no podría tomar leche fría cada vez que quisiera, o comer lo que le provocara. Simplemente esa madrugada, oscura madrugada en la cual lo único que brillaba eran los ojos de su hija, un poco asustada pero aferrada al cuerpo de su madre; sonó la bocina de una camioneta blanca de modelo muy viejo, medio destartalada y con un ruido que seguramente despertó a más de un vecino, y ella con dos maletas y su niña, se embarcó y se fue.
Agitando las manos en señal de despedida y echando la bendición a la niña aún con tono de desaprobación, se despidió Arturo, su esposo, quien desde el primer momento se opuso a tan radical decisión, pero quien tampoco hizo el esfuerzo porque las cosas fueran diferentes para ellos. Arrepentido, cinco meses después le pidió ayuda para viajar y reencontrarse con ellas.
Llegar al destino luego de una semana de viaje en autobús fue como ver la luz al final del túnel, pero poco imaginó que ese era el inicio de una profunda ansiedad e insomnio que la acobijó desde entonces.
Llegó al piso donde vivía una prima con su familia, de donde a los pocos meses se tuvo que mudar porque hay algo que comúnmente les ocurre a los inmigrantes y casi nadie menciona: Por lo general tienen “un ángel” que los está esperando para tenderles la mano el tiempo que lo necesiten mientras se estabilizan y se “acomodan”, pero casi siempre ese tiempo es muy limitado porque la visita al cabo de un tiempo comienza a estorbar. Además, Arturo ya estaba por venir e iba a hacer incómodo para todos (pocos de sus familiares le tenían aprecio a su esposo).
Encontró empleo en el área de aseo y mantenimiento en un piso de oficinas de administradores y contadores, gracias al esposo de su prima que había hecho varios arreglos en la casa del gerente de esa firma y la recomendó, de otra forma hubiese sido muy difícil. Había demasiados compatriotas suyos llegando a esa ciudad como especie de “invasión”, de esta forma eran catalogados en algunos noticieros y prensa, mucha gente en la calle ya los veía como una plaga. Sin embargo, fue bien recibida y lo más importante, como un sueño hecho realidad, es que tendría un seguro médico para su hija asmática.
Su sueldo básicamente iba para los gastos de comida y pagarle a su prima, quien cuidaba de Ana, no se atrevió a dejarla con nadie más hasta que llegó Arturo y se encargó de los cuidados de la niña, y ella, de mantenerlos a ambos.
Lucía era una mujer hermosa, cabello castaño ondulado, sonrisa amplia y dientes muy bien cuidados, alta, delgada y con un toque de elegancia innato que se notaba en su caminar y por supuesto al hablar- De profesión, enfermera especialista en pacientes geriátricos, pero eso no importaba…
-Acá lo relevante es que usted sea ágil, práctica y que antes de la una de la tarde todas estas oficinas estén impecables para los del segundo turno, asimismo al final del día para los del primer turno del día siguiente. –
No miento al decir que Lucía nunca se sentaba, solo durante los 20 minutos que tardaba en almorzar, casi nunca hablaba y era muy respetuosa, o más bien insegura, solo yo la conocía un poco más. En sus ojos se veía una profunda tristeza, algo tan paradójico alguien que calla, pero sientes que grita, un silencio ensordecedor. Todo esto capturó tanto mi atención, que un buen día le invité un café al salir de la oficina, y fue ahí que conocí su historia. Ahora somos buenas amigas y me he propuesto a tratarle como si fuera mi hermana y llamarla por su nombre.

Esa noche durante el café Lucía lloró, sonrió y rio a carcajadas, se sintió comprendida por primera vez en mucho tiempo. Llegó a casa y al recibir el beso de su pequeña y su abrazo, sintió otra vez que todo vale el esfuerzo si vas a lograr que alguien, incluso por un momento, sea feliz.
En mi país se habla muy mal de los inmigrantes, pero cada uno de ellos tiene una historia de lucha y supervivencia; por eso, tratarlos como seres humanos con derechos, sin pensar en su nacionalidad, es lo mínimo que podemos hacer para que su camino no sea tan difícil de transitar.








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