Lo que aprendí de un pescador de cangrejos
- Leonelly

- 9 may 2024
- 2 Min. de lectura
Escribir me duele.
O quizás libera mi dolor. Debería borrar de mis perfiles que “me gusta escribir”; sin embargo, parece que aquello que nos gusta muchas veces nos rompe el alma.
Estoy frente al mar. Nunca fui tan fanática de él hasta que me tocó tenerlo como vecino. Ahora simplemente vengo y nos hacemos compañía, o tal vez él me la hace a mí. Sé que es inmenso, pero en ocasiones lo veo pequeño, veo sus límites, la variación de sus colores, su calma o su alteración, y quiero creer que eso es todo, que llega hasta ahí, que es simplemente lo que mis ojos alcanzan a ver. Sé que estoy equivocada, que no lo es todo, tampoco lo es en la vida, en las personas, en casi nada; pero la idea de tener algo bajo control o bien delimitado me controla a mí todos los días, y no me sorprendo al fracasar en el intento porque mientras mi corazón siga latiendo hay miles o millones de probabilidades de que algo cambie o se salga de orden como, de hecho, ha ocurrido tantas veces.
Me lo confirmó el pescador que acabo de conocer, un hombre sexagenario con el cabello de un gris que nunca antes había visto. Lo vi tan concentrado en su labor como si temiera equivocarse y a la vez lucía tan experto como quien sabe justo lo que va a pasar. Después de un muy largo rato se acercó a mí y me deseó un buen día. No pude evitar preguntarle si esa era su rutina diaria y por supuesto, se rio. Me dijo que el clima, la marea, la hora y obviamente la temporada le decían cuándo era el mejor momento, pero habiendo hecho esto por más de 20 años, aun cuando todas las condiciones estuvieran dadas, podría no pescar nada y regresar con las manos vacías.
A mí la vida me ha sorprendido de esa manera. Incluso cuando he tenido un plan o cuando no, con experiencia o sin ella, me ha tratado como una novata y yo he tenido que ceder. Al hacerlo, no me gusta el sabor amargo que me deja, pero después ya no me siento una perdedora porque los cambios, los abandonos, los adioses pueden ser una suerte de triunfo, sólo si yo los miro así.









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