Lucho
- Leonelly

- 16 abr 2020
- 3 Min. de lectura
Parece que llevamos todo el año 2020 en una cuarentena que se extiende un poco más cuando está por terminar.
No hay tanta preeminencia en todas las frases motivacionales que leamos, videos de influenciadores cumpliendo retos para entretenernos, las canciones que escuchamos, entrenadores inspirándonos a ejercitarnos para lucir un poco mejor cuando “todo vuelva a la normalidad”, los intentos de reinvención que hagamos y luego sean opacados por la ansiedad de no saber a dónde va a parar todo esto. Lo único cierto es que cada uno está tratando de vivir como bien puede. Existen personas que luego de un mes de confinamiento o más, apenas están cayendo en cuenta de lo que está ocurriendo, y pienso que eso no está mal, no tienes que cumplir un proyecto estilo Albert Einstein mientras estás metido en casa, con que puedas salir vivo y mentalmente sano de esto, ya es mucho, y si lo logras, felicidades. Algunos no lo lograron.
Conocí a don Lucho en mi penúltimo día de trabajo antes de encerrarme en casa. Un señor alto, delgado, tez morena, ojos negritos y una mirada extremadamente profunda, 76 años aproximadamente. Él pasó justo en frente de mí caminando apoyado de un palo que hacía la función de un bastón. Lo recuerdo muy bien, llevaba un traje que en algún momento fue negro y limpio, evidentemente corroído por el sol, la lluvia, la acera donde se sentaba a descansar y la falta de aseo; un sombrero gris bastante sucio, en su mano izquierda una bolsa negra con lo poco que había logrado recoger gracias a la piedad de algunas personas, y doblado en su otra mano, un periódico. A pesar de esas condiciones, le caracterizaba un aire de elegancia e inteligencia que logré distinguir incluso antes de escucharlo hablar.
Lucho, porque me permitió llamarlo así, se acercó a mí y de inmediato sostuvo el periódico con su mano izquierda para presentarse con la derecha: - Qué pena molestarla, y perdón por haberla hecho darme la mano, olvidé que eso está prohibido actualmente. Soy el señor Luis, pero usted me puede llamar Lucho, como lo hace la mayoría.-
-No se preocupe, es un placer, señor Lucho.-
-Mija, yo estoy preocupado, ya ve, el presidente nos mandó a encerrarnos en casa a los viejitos como yo, y no sé qué hacer, desde hace dos días que dictaron la medida, he estado caminando y no he conseguido nada. Yo trabajo ofreciendo dulce y pues, la gente siempre me ayuda con lo que puede, duermo en un cuarto y a las 6 de la mañana ya debo salir, voy al mercado y compro algo para hacer de comer, lo llevo donde una vecina que me hace el favor de prestarme su cocina y ya el resto del día es trabajar y caminar para llegar en la noche a pagar el cuarto y descansar. Ayer no me dejaron entrar al mercado porque se supone que yo debo estar encerrado en mi casa y mi familia encargándose de mí. Pero no tengo ni casa, ni familia.-
No supe qué responderle al señor Lucho, es decir, yo también estaba preocupada por la situación, pero lo que él estaba viviendo era algo mucho más extremo y triste. Sin embargo, hice lo que pude por Lucho en ese momento.
Cuando lo vi irse, con el mismo paso lento y sin alguna dirección específica pensé que delante de mí iba la verdadera fragilidad. No hace falta vociferar nuestros problemas para saber que todos los tenemos, pero hay algunos que simplemente no se pueden ocultar, estamos rodeados de Luchos. Actualmente, por todos lados se pueden ver.
He perdido la cuenta de los muchos análisis que se han hecho de esta situación: Que el ser humano la provocó, que es castigo de la naturaleza o de Dios, que es el “fin del mundo”, una profecía, en fin… Quizás no hay que analizarlo o buscarle el sentido, tal vez el sentido es que sepamos que los únicos ojos tristes no son los que vemos frente al espejo en las mañanas, que hay mucho más allá de nuestras cuatro paredes:
Con internet, celular, televisión, comida, familia, un empleo que te espera de vuelta, una cama, con amor…
¿Qué más tienes?
Creo que todo esto va a acabar, y lo único que pienso es cómo vamos a terminar, en qué nos vamos a convertir, y qué sentido (pero de vida) vamos a hallar.









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