top of page

El reto más grande de mi migración

  • Foto del escritor: Leonelly
    Leonelly
  • 20 abr 2020
  • 3 Min. de lectura

Este es uno de los post más sinceros que he escrito, pese a todas las dificultades que implica la migración, hay muchas, muchísimas cosas buenas que pueden salir de esta decisión. Antes de salir de mi país, tenía aproximadamente cinco años dedicándome a un solo oficio: Enseñar. Asesoraba principalmente en dos modalidades: presencial y virtual. Por lo tanto, tuve contacto con estudiantes de más de cinco países de Suramérica. En una ocasión me pidieron aprender a escribir en un dialecto específico de un país que no era el mío, fue divertido, pero logré el objetivo para que los estudiantes se sintieran más en confianza. Como docente, siempre hay que estar aprendiendo, todo el tiempo y además reproducirlo. Para eso estudié, pensaba yo.

Hace cuatro años tomé la decisión de salir del país por razones que no voy a compartir en esta publicación, aunque eso lo tengo en común con millones de personas. Desde ese entonces, hipotéticamente tuve que abrir una gaveta y guardar ahí toda la experiencia que tenía y abrirme a otro mundo muy diferente al que había vivido hasta entonces, pero lleno de posibilidades. Y en eso precisamente radica el reto más grande de mi migración: Aprender oficios nuevos.

Sin lugar a dudas, con todo lo agridulce que ha podido ser, estoy agradecida por haber tomado esa decisión. Ya que además de cosas por hacer, aprendí a tener paciencia conmigo misma y con los demás. Y esto lo logré a medida que aprendí cosas como:

- Cocinar. En ese proceso se borraron las huellas de casi todos mis dedos, pero en cuanto el arroz dejó de resultar salado y apelmazado, supe que lo logré (fue de lo último y más complicado que aprendía hacer).

- Hacer muchas cosas a la vez. Por ejemplo: Freír un huevo, servir dos cafés con leche, uno negro y un té, vender 30 panes y desocupar una mesa para que otros clientes se sienten.

- Permanecer diez horas de pie. Hay un momento en que te acostumbras a esto.

- Trabajar con público en atención al cliente. Uno de los desafíos que más desarrolló mi paciencia. Nada que ver, por supuesto, con tratar un grupo de 50 estudiantes.

- La ubicación de los puntos cardinales. Todavía me cuesta.

- Regatear precios. Nunca lo había hecho porque me parecía falta de respeto, pero me tocó con proveedores y también trabajé en un lugar donde mi supervisor prácticamente me exigía hacerlo.

- Caminar mucho, muchísimo. Aunque ya para esto era buena.

- Sonreír. Definitivamente no lo hago tan común, pero hay trabajos que lo exigen.

- Decir no. Especialmente cuando estás acostumbrado a decir sí para no quedar mal con los demás.

- Limpiar lentes y venderlos. No piensen como yo al principio, no es fácil. Tiene su ciencia.

- Inventariar, contabilizar, pagar nóminas. Nada que ver con lo que solía hacer.

- Supervisar trabajos que no tenía ni idea de cómo debían quedar para ser perfectos (confecciones, costuras, planchados, etc.)

- Aprender Excel. Sé que más de una persona no sabía lo necesario de este programa.

La migración parece una aventura, pero sobrellevarla nos prepara y nos capacita para cosas más grandes que se nos presenten en el camino más adelante. Si eres nuevo en esto, no te sientas humillado ni menospreciado por cualquier cosa (siempre que sea honrada) que debas hacer para surgir en otro país. No todo es malo y menos si gracias a eso tú y otras personas van a estar bien.

Antes de esa decisión, muchas personas decían que no, pero lo cierto es que la elección es personal, sí, un poco obligada por las circunstancias, pero no podemos permanecer en una queja constante. Creo que todo lo que he aprendido, es suficiente para sentirme satisfecha. No todas las personas son malas, siempre vas a encontrar quien te demuestre lo contrario, te tienda una mano y te enseñe paso a paso ese oficio que te va a sostener temporalmente. Sé agradecido.



 
 
 

Comentarios


bottom of page