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Calidez

  • Foto del escritor: Leonelly
    Leonelly
  • 17 ago 2021
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 23 jul 2025



De noche en la ciudad, con unas copas de más, nos hemos dado los besos que tenemos acumulados y que no cualquier boca nos puede saciar. Aunque hemos besado otras que producen frío. Sí, hay labios que nos bajan la temperatura.

La fría ciudad se presta para la complicidad de aclimatar un poco nuestros cuerpos cansados de esa libertad que no elegimos, la que desata el nudo de dos pares de brazos que nunca debieron separarse.

Puedes ir a un bar, sentarte y pedir un par de copas que van a generar un poco de calor en tu cuerpo, ese que en algún momento anhelan todos los que viven ahí. Pero no es ese el calor que tú deseas, y los besos de esas copas solo sirven para recordar.

En más de una ocasión supe diferenciar el calor de la calidez, y, en definitiva, me quedé con la calidez. Esta va más allá de lo que siente el cuerpo a lo que abrigan todos los sentidos, y eso solo puede darlo un ser vivo, que tiene un corazón que late y se acelera, las yemas de unos dedos que conocen bien el camino desde el principio hasta el fin de todo tu ser, la respiración que te hace sentir que, si a ti te llegara a faltar, ella sobraría para que puedas vivir, revivir, nacer y renacer una y todas las veces que te quedes sin aliento.

En efecto, tu calidez hace que otros se puedan sentir queridos solo si eso te hace estar bien contigo mismo. Pensándolo bien, es inevitable que intentes disimular tu calidez, en ocasiones, puede fluir hasta con rozar tus hombros.

Sin lugar a dudas, prefiero la calidez que el calor (aunque sean sinónimos) porque a ella la puedes percibir hasta sosteniendo una mirada por tres segundos.

No siempre vas a encontrar de noche en la ciudad esa calidez, porque es muy parecida a otro tipo de quietud y paz, como la que produce ese rayito de sol que atraviesa tu ventana en las mañanas cuando estás frente a ella con una taza de café muy caliente, especialmente si son dos tazas que puedes compartir, si deseas, contigo mismo.

De noche en la fría ciudad es casi imposible hallarla, y si lo haces, nunca la dejes ir, porque aun si llueve, vas a estar siempre a salvo y lleno de luz.

Me gusta la calidez, simplemente porque es una cualidad viva, continua y que se relaciona con la sangre que hierve en tus venas, el aire de tu aliento, las lágrimas que corren por tus mejillas cuando bostezas, tu temperatura cuando recién despiertas (incluso después de una noche helada), las manos cuando se juntan, las piernas que se entrecruzan al tiempo que los rostros se unen y se pierden en ellos, y la mirada hacia arriba mientras te recuestas al pecho o a los brazos en los que siempre has querido estar.

Abraza esa calidez y no te permitas estar sin ella nunca más.

 
 
 

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